SÁNCHEZ EN LA BERGGASSE 19

Por HERMANN TERTSCH
ABC  Martes, 26.02.19

Su ideal fue la república que nos llevó a la guerra en un lustro

IGUAL que todos los adolescentes desde el romanticismo se creen los inventores de la melancolía, el amor y la tristeza, los miembros de las generaciones analfabetas de antifranquistas españoles descubren el culto a Manuel Azaña y a Antonio Machado a mediana edad. Como los adolescentes. Todos los años llega una nueva remesa. Prepotentes, ignorantes, necios, matones y faltones. Nunca les afectan las experiencias de quienes les precedieron en el error, la tontería, el sufrimiento o el crimen. Les pasa a los comunistas. Llevan cien años asesinando, más de cien millones de muertos gratuitos y perfectamente innecesarios, todo ello por un mundo mejor que jamás llega. Pero todas las generaciones humanas del mundo desarrollado desde hace más de un siglo producen la suficiente cantidad de necios y canallas que piensan que el comunismo no ha funcionado hasta ahora porque no estaban ellos para aplicarlo. La tontería de los adolescentes es tan reiterativa como la vocación totalitaria de los comunistas y sus compañeros de viaje. Agravada por los delirios de personalidades inestables que buscan compensación a su ansiedad en el abuso del poder.
Ahí tenemos a Pedro Sánchez, ese hombre. No sabemos ya si nos produce más espanto que rechazo, más desprecio que terror, más ira que angustia. Hace días bailaba con un grupo de socialistas europeos de esos que se quedarán en paro el 27 de mayo. En esa gran hecatombe socialdemócrata que se anuncia en esta Europa que reacciona contra todo ese embuste que él encarna como ninguno. El jefe de Gobierno de España por la gracia de Otegui y Rufián ponía caras de preocupar con su falta de sentido del ridículo y el absoluto descontrol sobre su autoestima. ¡Ay, el cuadro psicológico de Sánchez! No se bromea con ciertas cosas. En la Berggasse, número 19 de Viena, en el distrito IX, junto a la gloriosa taberna de la Perdiz, Rebhuhn, el doctor Sigmund Freud se tomaría el caso en serio. La incapacidad de Sánchez para asumir contrariedades genera violencia. Tarde o temprano. Interior o externa. Sin indagar en los cuadros que el doctor Freud, este sí doctor de verdad, elaboró en su sombrío despacho sobre las perversiones del narcisismo. Lo hizo sin conocer a Pedro. Pero sí cabe recordar lo mucho que escribió sobre Todessehnsucht, la añoranza o pulsión de muerte. También sin conocer a Pedro. Este no tiene esa de muerte de que habla Freud. ¡Quiá! Está convencido de que «su persona» es un regalo para el orbe que hay que prolongar para disfrute indefinido. Pero sí tiene querencia de cadáveres que fagocitar en su triste y nefasto discurso político. Por eso va de una tumba a otra, cual vampiro ansioso por arrebatar a los muertos no ya un buen lingotazo de sangre, aunque solo sea un halo de maltrecha dignidad.
Por eso se ha lanzado a una lucha tan necia como vil contra un muerto al que odia sin saber nada de él. Y por eso se ha ido a Francia a profanar otras tumbas, no con una cuadrilla de albañiles pelotas de Patrimonio Nacional, sino a indignos lametones. Allí ha dicho que la Constitución encarna los principios de la República de Azaña. Freud lo mandaría a Steinhof, delicioso psiquiátrico construido por Otto Wagner. Porque la Constitución que nos ha dado 40 años de convivencia es un pacto de convivencia entre españoles que es exactamente lo contrario que la república que en un solo lustro nos llevó a la guerra. Freud no está. Luego son los españoles los que han de pararle los pies antes de que, en un lustro, nos meta en esa república y esa guerra.

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